Lecturas sagradas y profanas

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Carlos Abrego
Blog Cosas tan pasajeras
Boletín El Daltoniano

La Biblia, como otros textos religiosos, tiene además un carácter cultural, no religioso, histórico. Lo que significa que su lectura por sí misma no puede considerarse como un acto religioso, como un acto de fe. Pero si la leemos como un texto cultural, su lectura es profana, secular y no puede perseguir estrictamente fines morales, sino que de ampliación del horizonte cultural, cuyo efecto ético es mediatizado por la profundización de la educación.

Pero esta lectura implica conocimientos adyacentes que permitan su debida y correcta interpretación, en tanto que texto. Con esto apuntamos a que es necesario ya cierto bagaje cultural o la necesidad de adquirirlo previamente. Se trata pues de llevar adelante una investigación, una búsqueda, pesquisas. El texto no es sencillo, tiene pasajes que urgen de conocimientos filológicos, de contextualizaciones. Estos son requerimientos culturales profundos que nuestros estudiantes de las escuelas primarias y secundarias están muy lejos de poseer. No creo que los diputados de la derecha salvadoreña hayan meditado en esta complejidad, cuando de manera precipitada votaron el decreto de la obligatoriedad diaria de leer pasajes escogidos de la Biblia. La inutilidad de esta lectura, tal cual la propone la derecha, salta a la vista. Pues el objetivo alegado es el combate de la violencia.

Como el objetivo fijado a la lectura de la Biblia es el combate de la violencia, se toma el texto en tanto que religioso, en tanto que libro sagrado. Esta lectura también requiere preparación y urge asimismo de interpretaciones. Son estas interpretaciones las que diferencian las distintas religiones, la judía y las múltiples religiones cristianas. Pero tratando de esquivar este reproche los diputados han excluido toda interpretación, toda explicación e incluso toda reflexión.

Se trata pues de la simple y llana lectura del texto bíblico. Es esta lectura la que tiene que traer el apaciguamiento, la disminución de la violencia o su desaparición. Se trata pues de un uso mágico del texto. No sé si los pastores y sacerdotes de las distintas religiones que existen en El Salvador han tomado en cuenta este aspecto fetichista que le confieren al libro los diputados de derecha.

Ahora bien si el texto es considerado desde el punto de vista religioso hay además un problema político, constitucional, pues la Biblia no es el único texto sagrado existente, además contradice el mandato de la libertad religiosa. Esta libertad no concierne solamente la libertad de práctica de cualquier religión existente o la creación de la propia, sino que implica además la ausencia de esta práctica. Se trata pues de una opción de libertad universal, la Constitución nos confiere la libertad de creer o no creer. La imposición de la lectura de un texto, considerándolo como texto sagrado, veja pues esta libertad.

Es cierto que en el constante retroceso que hemos ido experimentando en nuestro país, hemos llegado a omitir en la Constitución el carácter laico de la enseñanza pública. La primera real Constitución liberal que tuvimos fue la de 1950 y que consideraba claramente la laicidad del Estado y que la enseñanza debía ser laica. Este punto crucial ha desaparecido de nuestra Constitución, se cambió el adjetivo “laica” por “democrática” en la siguiente Constitución salvadoreña.

Pero este decreto precipitado de la derecha tiene objetivos políticos y electoreros. Se impone la lectura de la Biblia tomando en cuenta la desesperación de la población ante el acto de salvajismo cometido contra los pasajeros de la línea de buses 47, en Mejicanos. Es decir que los diputados han aprovechado una situación en la que la población salvadoreña se encuentra en estado de choque, en que el miedo la domina, en que la pasión la guía mucho más que el entendimiento. Se trata pues de pescar en río revuelto. El presidente, Mauricio Funes, se ha dado cuenta de este aspecto, por eso en un principio se ha mostrado aquiescente ante esta medida, sin poner reparos en el carácter inconsulto del procedimiento y de los aspectos demagógicos que encierra la postura de la derecha. Es decir que Mauricio Funes ve perfectamente la descarada carnada en el anzuelo de la derecha y se propone sacar su tajada de esta alborotada pesca. Pero el asunto ya no es tan sencillo, autoridades religiosas de peso se oponen y alegan que la medida es anticonstitucional. La posición simplista de Funes no puede sorprendernos, “si la lectura de la Biblia puede contribuir a combatir la violencia”, el presidente no ve ningún reparo en su aprobación. Tan simplista es la posición presidencial que pone en entredicho su capacidad de recapacitar, es decir sopesar todos los puntos y reflexionar sobre las consecuencias. Su posición es también demagógica. Últimamente Funes ha matizado mejor su postura, aunque su objetivo de participar en el reparto de la pesca sigue de pie.

El arzobispo ha señalado que esta medida contradice a la libertad religiosa y que además traerá disputas entre las diferentes religiones. Un pastor protestante que está de acuerdo en el fondo con la postura episcopal, acusa al prelado católico de ser hipócrita. Por lo visto no es muy fácil realizar el ecumenismo en El Salvador.

Pero yendo a la necesidad de introducir en la enseñanza materias que contemplen la ética y el comportamiento en la sociedad, no se puede reducir a la simple lectura de textos elegidos de la Biblia. Se necesita de una reflexión profunda. Es cierto que hay urgencia, pero no por ello debemos actuar con precipitación. El civismo encierra principios éticos que no obligatoriamente se sustentan en las creencias religiosas. Los imperativos morales que deben regir la conducta en el trato con los demás deben por supuesto inculcarse a nuestros jóvenes en las escuelas, en todas las escuelas. Se trata de enseñar el respeto de sí mismo y la consideración de los otros como iguales en tanto que individuos. El respeto de la particularidad de todos en tanto que personas humanas, debe ser inculcado en los hogares, en las escuelas y en el contacto entre los adultos y menores.

Por supuesto que estos valores no pueden inculcarse de manera abstracta, desconectada de la realidad concreta en la que viven los jóvenes salvadoreños. Nuestra sociedad en tanto que tal tiene como fundamento ideológico el individualismo y los principios fundamentales de la propiedad privada. Es decir que la igualdad entre los seres humanos en tanto que individuos es puramente teórica, la realidad cotidiana impone para sobrevivir a la mayoría de las personas aceptar las desigualdades sociales, es decir aceptar reglas de vida que mutilan su propia individualidad, su ser particular. La preocupación individual es la de mantenerse, de procurarse su propia reproducción diaria, alimentos, vestido, techo, etc. Estos objetivos son constantemente contrariados por la falta de oportunidades reales que ofrece el estado actual del país. El primer imperativo moral que tenemos es justamente el respeto de sí mismo. Es este imperativo que es negado por la realidad inmediata en que nos encontramos. Esto significa que la realidad inmediata ejerce cotidianamente su violencia contra la existencia material de cada uno de nosotros, sobre todo de los más pobres.

Aunque a diario se proclame que todos somos iguales, que nacemos iguales, al confrontar estas aserciones con la realidad no cuesta mucho esfuerzo constatar que se trata de una mentira, que son frases falsas. Es más, al lado de estas afirmaciones con igual frecuencia encontramos el ensalzamiento de los que triunfan en la sociedad, en los que vencen para subir en la escala social. Este triunfo social implica gozar de privilegios, de tener condiciones materiales que los alejen de las preocupaciones diarias de la sobrevivencia. Pero sobre todo se ensalza la fuerza, la supremacía de los que no reparan en los medios para alcanzar los objetivos de superación social. Vivimos en el reino de la fuerza y de su ley.

Vivir obedeciendo los imperativos morales significa vivir en contradicción con los valores que fundan la sociedad actual. Vivir conforme a la moral implica un esfuerzo particular, un esfuerzo constante y tener conciencia de que los principios morales son superiores a los que nos impone la vida en esta sociedad de desigualdades.

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