Resistencia popular y el legado del obispo mártir Oscar Arnulfo Romero

Geovani Montalvo
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Boletín El Daltoniano

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Romero murió, lo mataron. Pero vive en la esperanza del pueblo, que aún escucha y sigue su legado cristiano revolucionario. Sus asesinos siguen allí, donde siempre han estado, detentando el poder. Entiéndase: Siguen allí.

Nació en un pueblo pobre al oriente de El Salvador. Fue el 15 de agosto de 1917, hace 93 años. Las calles y avenidas de la Ciudad Barrios en el departamento de San Miguel se llenaron de alegría, la familia Romero y Galdámez celebraba la vida que iniciaba con el nombre de Oscar Arnulfo.

Como sabemos, no todo fue alegría. Oscar Romero desde pequeño conoció la cara de la realidad social en la que vivía su familia y su pueblo. Un empobrecimiento profundo y estructural, algunos dirán equivocadamente, voluntad de Dios.

15 años de su vida le bastaron para descubrir su vocación en el ministerio sacerdotal. Con la ayuda de algunos sacerdotes, entró al Seminario Menor de San Miguel, luego continuó preparándose con los Jesuitas en el Seminario San José de la Montaña.

Durante esa época, cuando la sombra del “comunismo” recorría el mundo, Oscar Romero aprendió e interiorizó la doctrina de la iglesia Católica. Recordemos que los tanques de pensamiento religioso en el Vaticano, rechazaban cualquier idea que sonara a socialismo o comunismo, por pura cuestión de intereses.

Es elegido para ir a estudiar a Roma, precisamente cuando estalla la segunda guerra mundial. Romero recibe la mejor educación que un clérigo de su época puede obtener. Era de un pueblo pobre de Centroamérica y al siguiente día, estaba cara a cara con las potentes figuras del mundo católico.

Como diría Maquiavelo, la historia vuelve a repetirse y Oscar Romero regresa a su pueblo salvadoreño, pero ahora como un sacerdote dotado de una buena dosis de doctrina católica.

En esos años, la sociedad salvadoreña requería cambios urgentes. La desigualdad social era insostenible, la represión de los gobiernos militares y oligárquicos estaba a flor de piel. El ordenamiento normativo jurídico pendía de un hilo. ¿Hacia donde mirar o desde donde mirar?.

Mientras en las montañas y ciudades de El Salvador se despertaba un gigante a punto de levantarse, Romero llegó a ser la mayor representación católica en el país, con su nombramiento de arzobispo en 1977. Tenía la simpatía de los obispos, políticos y militares de ese momento, algo que le duró muy poco.

Como dicen, el que anda entre la miel, algo se le pega. Oscar Romero aprendió del pueblo y de amigos como el padre Rutilio Grande el misterio más profundo de Jesús, la encarnación. “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” se lee en el libro de Juan, uno de los cuatro evangelios. La Vulgata dice: “Et Verbum caro factum est et habitavit in nobis”.

“Opción Preferencial por los Pobres”.

El arzobispo Romero, pese a su educación enciclopédica-dogmática religiosa, y desafiando a toda una institución religiosa con normas y valores, eligió encarnarse en el pueblo salvadoreño que decidido a la batalla frontal con su enemigo, exigía justicia social.

La resistencia popular empezó a tener un líder que predicaba desde la catedral metropolitana. Bajo amenazas y persecuciones, Romero tomó la opción preferencial por los oprimidos, firmando así su sentencia de muerte. El sabía, que la verdad es como la sal en la herida, como el dedo en la llaga.

“Es inconcebible que se diga a alguien «cristiano» y no tome como Cristo una opción preferencial por los pobres” (Homilía 9 de septiembre de 1979, VII p. 236). “Un cristiano que se solidariza con la parte opresora no es verdadero cristiano” (Homilía 16 de septiembre de 1979, VII p. 262).

Romero y su mensaje liberador traspasó fronteras. Mientras sus hermanos de báculo y de mesa planeaban en su contra, también lo hacían aquellos a los que denunciaba en sus homilías. El decía que “surge siempre la necesidad de unas estructuras de justicia, de distribución, mejores que las que nos dominan”.

El avance rápido del movimiento revolucionario y la agudización de la violencia originada por el propio estado no impedía a Romero hacer el llamado a la organización y a la resistencia, sin que ésta signifique una guerra.

“Se destruyen las organizaciones populares, ya se sabe con qué ideas. Porque un pueblo desorganizado es una masa con la que se puede jugar, pero un pueblo que se organiza y defiende sus valores, su justicia, es un pueblo que se hace respetar” (Homilía 2 de marzo de 1980, VIII p. 301).

“Yo quisiera hacer aquí un llamamiento a los queridos cristianos: no les está prohibido organizarse, es un derecho, y en ciertos momentos, como hoy, es también un deber, porque las reivindicaciones sociales, políticas, tienen que ser no de hombres aislados, sino la fuerza de un pueblo que clama unido por sus justos derechos. El pecado no es organizarse; el pecado es, para un cristiano, perder la perspectiva de Dios” (Homilía 16 de septiembre de 1979, VII p. 261)

A 30 años del asesinato y 93 de su nacimiento

El 24 de marzo de 1980, mientras celebrara una misa en la capilla de un hospital, Oscar Romero fue asesinado. Un disparo en el corazón por un francotirador le hizo creer a sus eternos detractores que callarían su pensamiento liberador. Tres años tenía de estar como arzobispo, tres años de tomar una clara opción por los oprimidos.

“No me consideren ni juez ni enemigo. Soy simplemente el Pastor, el hermano, el amigo de este pueblo que sabe de sus sufrimientos de sus hambres, de sus angustias; y en nombre de esas voces yo levanto mi voz para decir: no idolatren sus riquezas, no las salven de manera que dejen morir de hambre a los demás” dijo Romero a la oligarquía de El Salvador, en la Homilía del 6 de enero de 1980, dos meses antes de morir.

30 años después de su asesinato, los culpables siguen impunes. 30 años después los cambios que exigen las clases oprimidas de este país siguen siendo las mismas de aquel pueblo histórico de Romero. Casi 30 años después, el actual presidente Mauricio Funes dice basarse en las enseñanzas de Oscar Romero.

“Yo creo que los que verdaderamente quieren gobernar al pueblo para un verdadero bien, tienen que contar con la sincera participación del pueblo noble de El Salvador y no usar ese nombre sólo como escalera para subir, y después no se le tiene en cuenta al verdadero pueblo, que es al que tienen que servir desde el gobierno” (Homilía 6 de enero de 1980, VIII p. 134).

Romero fue asesinado en 1980, ese mismo año se desata un conflicto armado interno que duró 12 años y dejó miles de víctimas civiles inocentes. En 1992 se firmaron los acuerdos políticos de paz entre la guerrilla y el gobierno. Desde entonces y por 20 años gobernó en El Salvador el partido de derecha Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), su fundador, Roberto D`Aubuisson, está implicado directamente en el asesinato del pastor.

Las últimas elecciones en El Salvador, dejaron a Mauricio Funes en la silla presidencial, el primer candidato del partido de izquierda Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) que llega al poder.

Sin embargo, Romero todavía sigue diciendo “suelten los anillos antes que les quiten los dedos”.

“El mensaje revolucionario del pueblo, El grito de liberación de nuestro pueblo es un clamor que sube hasta Dios y que ya nada ni nadie lo puede detener” (Homilía 27 de enero de 1980, VIII p. 202).

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